He dicho que mi boca he de cerrar.
He dicho que en mi coraza voy a estar.
He dicho que Cathy he de acribillar.
He dicho y escupido tu nombre,
tu semen, tu afrodita,
tu espalda y tu perfume,
tus pies y tu infernal sapiencia.
Todo eso al cielo:
Eres una sombra vagando.
No reconozco tus manos,
las mismas que retorcían mi cuerpo
llevándolo al océano
donde me enseñaste a nadar.
Pero te he escupido,
como he dicho:
desgarros de sangre
que brotan la tierra
y forman protuberancias
nuevas para mi tierra.
Y el viento, de alguna u otra forma
busca no expulsarte
y mi boca se vuelve a ti:
el muro se alza como una ciudad
fortificada.
No puedo ingresar.
Te vuelvo a expulsar.
Y un segundo océano aparece:
Formado por todas las lágrimas
que tienen tu forma y deforma.
Vuelvo a sentarme
esta vez a derramar
desde mis hinchados ojos
el río torrencial
que finaliza en los océanos
que veo desde mis alturas.
Todo es como si el tiempo
hubiese decidido dormir.
Todo es como si las palabras
hayan ido a un vacío.
Todo es como si una promesa
de Hermes fuere un truco más.
Esa sombra que yace
andando aún
sin un sentido,
sin un verbo,
sin un destino,
puedo ver
su transformación:
Un extraño.
Un extraño seduciendo.
El mismo,
que bailó el sucio tango,
tomando mi susurro
y haciéndolos uno...
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