caminé
con mi mochila
la música
y la guitarra
hacia la costa
y en la arena
desarmé a mi amada
para trascenderla en un barco:
alcé el mástil con su mástil;
el puente fue la proa;
el traste, la popa;
las cuerdas izaron
la bandera:
la música de la pelirroja
que nos vio cantar
un tango amargo
de pérdidas y muerte.
Una vez construida
tomé los recuerdos
guardados en la mochila
uno a uno,
con el cariño que apreciaba
tener en mis bolsillos
conversaciones e ideales,
misterios y elocuencias,
lecturas y música.
Todo fue arrojado al barco
de la misma forma
que fue el arrebato
de la conexión universal.
Y el fuego salió por mi boca:
Escupí con sangre
en tus recuerdos.
Eyaculé mis fluidos
en esos rulos convexos
de la virtualidad hecha imagen.
Los fluidos acuosos
nublaron aquel rostro
que fue difuminando
la retórica,
la palabra,
la maestría,
para dejar al descubierto
lo que mis gemas podridas
habían olvidado.
Escupí otra vez sangre
porque mi voz nunca fue escuchada,
cuando esa voz significó
el eco tardío de mis tardes otoñales
repletas de verdades confinadas
que ahora son mías.
Escupí toda protección
porque mis obsequios nunca abriste
cuando los tuyos, fueron atesorados
en donde luzco
mis trofeos y batallas ganadas.
Escupí saliva astral
porque mi palabra nunca oíste
cuando las tuyas significaron
una maestría dispuesta a ganar
Y escupí fuego con lágrimas
porque mi alma fue abierta
por única vez
pero la tuya nunca fue expuesta.
Pues claro, transitaste el camino diferente
sin una previa advertencia
considerado que íbamos por la misma avenida.
Y mis lágrimas formaron un océano
por cada palabra que nunca hablaste,
por cada obsequio que nunca atención fue prestada,
por cada recuerdo que nunca fue atesorado,
por cada promesa que nunca fue cumplida.
Pero no fue suficiente con eso:
Mil océanos y más he seguido nutriendo
con mis lágrimas heridas sobre mi armadura rota,
de cuchillas enterradas en forma de verborrea -disfrazada por el justo-
de cada monosílabo, cuando pedía un texto completo.
Y mientras relato los últimos ciclos solares de mi cuerpo errante
el océano sigue su expansión:
Las lágrimas por la expulsión de mis tierras
no han sido suficientes.
¿Fue tu peor estadía?
¿Fue tu reencuentro a lo antiguo?
¿Ha sido algo?
Por cada pregunta
lágrimas caen en arena.
Por cada bucle
cien lágrimas caen en la arena
Por cada sonido
quinientas lágrimas caen en la arena
Por cada ciclo lunar
mil lágrimas caen en la arena.
Y el barco, flotando en este mar
de residuos acuosos
vertido por mis ojos
espera por zarpar.
Pero antes, mil lágrimas más
por arrancar esa semilla de mi origen
por haber confiado
en los vientos falsos,
por haber esperado
la falsa correspondencia.
Y mis senado
vestido de blanco, morado, azul y calipso
están a mis espaldas
cada uno, imponiendo sus manos
en mi agotada espalda
a saber que este errante solo jamás ha estado
pero estos ciclos solares
traicioneros
trajeron de otras tierras
al juglar más incógnito
que he visto.
Al finalizar,
las lágrimas están dejando al barco
perderse entre los océanos creados
y podría llorar diez mil lágrimas y más
si eso es lo que cuesta
embarcar los recuerdos
al mar
donde perteneces...
(El último ciclo lunar,
que canta sobre la libertad,
será quién definirá
lo que mi letra muerta
ha intentado callar
pues el fuego
es quien transmutará
la retórica almacenada
que mis labios secos
y mi lengua rasposa
no hablará)
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