Entre giros y encuentros, el mar encuentra su calma mientras que el aire, desata
la tempestad de fuego sin la medida acostumbrada.
Y devastó todo aquello que pudo devastar; lo inconcebible, lo profano; lo sagrado.
La ladera firme del río,
aquel que alimenta mis tierras y que nunca tuve el valor de nadar,
hasta que alguien tomó mi mano y la dirigió a las profundidades
para conectar la tierra y el agua,
ahora es tan sólo un barrial cubierto de danzas pasadas, orgasmos profundos y viscosos,
de paradojas que nunca fueron tal,
del verdadero aspecto del payaso,
del escapismo y la seducción,
del pesado abrazo de la niebla,
del absurdo de la tierra y de los hombres.
Al menos sigue en pié el bosque, ese que ha visto correr a dos pequeños
inmersos de talentos y sabiduría. Lamentablemente van a crecer
y conocerán los heroicos aconteceres de sus ancestros,
los mismo que nos han llevado a la cárcel
y al destierro.
Importante, bien a saber, que el barro viscoso no estaba contemplado en toda esta prosa oculta de realidad, porque mi lengua muerta, ha de callar por la eternidad para no abrir más
el descompuesto sabor del aire que emanan las palabras unidas en verborreas no reales.
Pero por mucho callar, las lenguas antiguas supieron encontrar la clave secreta
hasta abolir con los más imperantes mensajes relativos a las historias pasadas
y llenar de refranes, esdrújulas y simples aforismos en cuadros repetitivos que siempre mantuve
bajo un receloso silencio. No existió quizás la decencia o el decoro al estallido particular que emergió de eso, pero tales verbos han no de existir en estas tierras.
Y antes del despertar de la tempestad de fuego, el Sol de los inicios brillaba con tanta fuerza, que fue capaz de quemar cada una de las partes más profundas que yacían dormidas. Fue el revivir de las fiestas paganas que solía brindas mis sabios anteriores en donde bebía de cualquier fuente, drogaba el alma con las sustancias de oriente que permitían abrir paso a la danza sexual y poder tragar todo lo que el falo de hierro del caballero visitante ofrendaba en mis tierras, para terminar entrelazados frente al altar en donde mis nalgas eran entregadas en sacrificio por tan heroico y penetrante acto y así al amanecer, entre babas y semen, armar un tejido de viscoso sabor eléctrico que nos cobijaba para seguir dominando al falo y este, a la unión insaciable del liquido rasposo que dio vida bajo la luz del ojo de metal.
El cambio del Sol iluminó la tierra donde yacía el Senado: Nadie se imagina todas las escrituras que se formaron y cuantos debates se ganaron en lo que ahora, sólo son ruinas de guerras anteriores. Los libros fueron rescatados, desempolvado desde lo profundo de la tierra. Y nuevas escrituras fueron realizadas. Nuevos debates se armaron y fueron ganados y así, estos viejos testamentos fueron suprimiendo partes para dar origen a nuevos volúmenes de conocimientos, tan ancestrales como los que respiraban en Alejandría.
Ya entrado el Sol de invierno, así como las hojas caen y las flores transmutan, vi la desolación habitual. Fui el caminar el cangrejo por toda la vasta tierra, buscando ese perdido refugio de las costas. Lástima que nunca ha habido ni existido playa en estas estepas. Fue el sucumbir. Fue cuando la tempestad de fuego encontró su fin. Transmutó en una brisa, una brisa tan fría como el invierno de otras eras. Mis dobles calcetas, mis dobles capas y mi chaleco no fueron suficientes. Ahí fue cuando la clave de mi lengua muerta apareció en mis sueños y salpicó hacia el exterior. No es el orgullo perdido ni el alivio después de caminar senderos infinitos descalzo: Sólo explotó en el rostro como el cúmulo almacenado de mi virginal virilidad.
Fue el volver a mi tierra construida: Volver a esos callejones repletos de juglares cantando sobre el amor romántico y las epopeyas griegas; Fue volver a tocar la Lira, entonando delicadas piezas en honor a Orfeo; Fue ver a los sabios predicando sobre las utopías de los tiempos venideros; Fue ver reyes desfilando por la plaza abrazando al cardenal de turno, para reclamar un reino que no era de nadie; Fue volver a lo que era antes de que la guerra se llevara todo. El auto atentado tan necesario para volver a construir. Fueron tres pasos en el retroceso. Fue volver a misa los días domingos.
A pesar de ver lo esplendoroso de mis antiguas tierras, lo mismo que trajo más dolor que alegría, ahora detenido desde mi cumbre borrascosas, el escenario siempre fue el mismo. La belleza de lo profano me llevó a portar un velo que sabía, no debía usar; Tampoco tomar el rosario y contar los salve; Menos seguir el rastro oscuro de ese veneno que parecía un dulce sabor.
Y estoy agradecido, porque he sacado toda mi vestimenta para caminar hacia ese lugar. Y encontré un sendero que a pesar de las utopías cegadoras, es posible caminar con una venda en los ojos y que si tropiezo, podré sostener mis pies agotados. Y estoy agradecido, porque al demonio que más he temido desde que los dioses hacen cuenta, Ha visto mi mejor paso de baile al son de un tango infinito que bailo con temor, pero con la típica sonrisa que mis ojos han sabido transmitir.
Mientras el Sol de invierno siga brillando, estaré entre mi cumbre borrascosas y aquel sendero sintiendo el pavor del viento, temiendo nuevamente hundirme en las aguas por olvidar nadar, sosteniendo el castigo de Cronos sobre Hermes a mis espaldas, con mis sabios debatiendo nuevas ideas y esperando a oír por esa ventana la voz que invita a abrigarme, porque he tenido frío desde que el cielo ha sido cielo.
O como bien dice el escribano de esta tierra:
" But the film is a saddening bore, 'cos I've wrote it ten times or more
and it's about to be writ again
as I ask you to focus on".
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