Esa fue la vez que me dije nunca más.
Esa fue la vez en la que el cielo se iluminó artificial.
Esa fue la vez cuando el vestido se vio roto.
Esa fue la vez cuando la luna no miró.
Es tan extraño como aquella máquina con cuatro ruedas,
no entiende esta destrucción sin destrucción,
para cuando llegué y los gritos fueron mi recepción,
de quién sabe que alma esperaba armada.
Sigo perdido entre esto.
No veo aquellos ojos que mas de alguna vez
terminaron conmigo en el suelo,
barrieron mi honor y mi ser.
No fue una, no fue ninguna.
Fue mirar el suelo y mi espalda entendió,
que no habia fuerza,
y que el cielo murió.
Fácil es para los extranjeros entender.
Díficil es para el residente aprender.
Y aún así, busco a solas ese despertar
para no volver, otra vez, a tu sombra tocar.
Esa creciente que apuntaba al norte,
un desastre seguro avecinaba.
Pero siempre el sol al oeste,
un amor sin destino transitaba.
Fue el río que sonó abajo el que advirtió,
que los diluvios venían.
No hay fuerza que pueda.
Detener.
Parar.
Las noches y las sonrisas.
No puedo escucharme,
no veo las dos luciérnagas que adornaban mis noches.
La Luna se escondió.
El Sol desapareció.
Las nubes llegaron.
Y asi el divulio se instaló,
en ese minuto,
cuando tu espalda hidalga,
miraba hacie el horizonte,
y estos ojos en los que te veias a menudo,
no sirvieron para detener el diluvio.
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